8 may. 2019

El mariachi de La Pasita se sabía La vie en rose - VEINTIUNO


El mariachi de La Pasita se sabía La vie en rose; 16 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTIUNO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 58€).


Desde que recuerdo siempre me ha dado mucha pereza ir de bares, salir por la noche, ir a sitios con la música muy alta a beber y hablar a gritos. En general a hacer por hacer, beber por beber, hablar por hablar, no le encuentro sentido. Ir a comer para cerrar negocios, para relacionarme, para conseguir contactos o trabajos, me parece absurdo y convenienciero. 

Pero una vez, como a los 14 ó 15 años me fui de parranda con mi padre, aunque yo con Coca Colas. Había ido a visitarle a Puebla (supongo que eran vacaciones), aproveché para llevarle mis primeras pinturas y mis primeros poemas para que los viera y leyera, comimos en un restaurante suizo, de esos en los que los camareros velan para que no te falte ni medio trago de agua ni una servilleta, comimos el típico fondue de queso, y ahí estuvimos mucho tiempo charlando y hablando de pintura y de poesía. Después fuimos de bares.

Seguro me tomé alguna cerveza además de refrescos, pero por más que lo he intentado ni la cerveza, ni el ron, ni el tequila, en general cualquier bebida alcohólica, han podido superar mi gusto por un agua de jamaica, horchata o un refresco de cola.

Mi padre ya necesitaba un poco de ayuda para caminar, y el dinero ya nos lo habíamos terminado, recuerdo que sin darse cuenta le dio de propina a un camarero su penúltimo billete de 50 pesos. 

De vuelta a casa, nos detuvimos afuera de la legendaria cantina La Pasita. En ese entonces ahí se juntaban los músicos y mariachis, mi padre buscó al músico del acordeón (me dio la impresión de que ya se conocían), me dijo "pon mucha atención a esto", le dio sus últimos 50 pesos y le pidió "La vie en rose". Era la primera vez que la escuchaba y me pareció hermosísima, ahí estábamos en medio de la noche salvaje poblana, con el ruido de la fiesta callejera, escuchando una canción francesa, en esos minutos desapareció la humanidad entera y solo estábamos nosotros y el mariachi de La Pasita.

Ya no teníamos dinero para volver a casa, así que hicimos lo que él siempre hacía cuando se quedaba así: Entrar en el portal de la vecindad donde vivía tía María, ir a aquella habitación al final del patio y abrir la puerta de madera que dejaba sin pistillo. Ahí siempre había una cama vacía para mi padre. Al día siguiente por la mañana nos fuimos, no sin antes ver cómo mi tía María le reñía a mi padre y le decía: Óscar ¿cómo te lo llevas de parranda contigo? Es muy pequeño!!

Muchos años después, caminando por Vigo, un músico callejero tocaba "La vie en rose".







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