19 jun. 2019

Fuimos en bicicleta hasta la Illa - VEINTISIETE


Fuimos en bicicleta hasta la Illa; 14 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTISIETE de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 64€).


Aprendí a andar en bicicleta en el parque, detrás de casa de mis abuelos maternos, disfruté mucho mi bicicleta "Magistroni" de color negro. Pero eso fue de niño, durante muchos años no volví a usar una bicicleta, salvo en ocasiones puntuales.

Cuando llegué a Galicia, Marta me enseñó su bicicleta "BH Missouri" de color violeta, estaba muy bien para llevar más de una década sin usarla. Pero era solo una bicicleta, necesitábamos dos para poder pasear. Nuestra boda fue el pretexto perfecto para autorregalarnos una, "Conor" de color granate. Nos aseguramos de que dejaran al punto a la bicicleta "missouri" para volver a rodarla.

Yo creo que dimos algunos pequeños paseos antes de decidir hacer el paseo en bicicleta más grande que hice - hicimos. Sin muchos miramientos fuimos a la Illa de Arousa en bicicleta, seguro que para cualquier ciclista habitual, es un paseo rutinario, pero para nosotrxs fue toda una aventura. Comenzamos por el tramo de la ciclovía del pueblo, después por la carretera, bajamos de la bicicleta cuando la cuesta del Rial porque se nos hizo insufrible. Volvimos a subirnos y giramos bordeando las Sinas, cruzamos Vilanova, vimos la peregrinación en barco dedicada al carmen, en una fecha que no es habitual, y que dicen que modificó el mítico Sito Miñanco porque necesitaba todos los barcos para traficar, incluso pasamos por el puente de madera que cruza la ría y fuimos con la bicicleta por el arenal de la playa "El Terrón".

Cruzamos el puente de la Illa de Arousa. Me pareció tan largo que en algún punto bajamos de la bicicleta para valorar si seguíamos, algo así como Forrest Gump, responder a la pregunta ¿seguimos adelante? Y así fue, cruzamos el puente de dos kilómetros. Estuvimos al sol en sus playas, nos quemamos más de la cuenta, pude darme unos minichapuzones en el mar, que por ese entonces, el Atlántico estaba muy frío para mí, comí un helado en la heladería "El Oasis" ícono de la década del 80.

Volvimos cansadísimos y con urgencia por una crema para el sol. Es uno de lo viajes más especiales que he hecho, y fue en bicicleta, casi 30 kilómetros en total, de ida y vuelta.

Cerati tiene una canción preciosa que se llama "Puente", la escuchábamos bastante antes de que viniera a vivir a Galicia. Dice así: "Adorable puente se ha creado entre los dos. Cruza el amor, yo cruzaré lo dedos. Adorable puente. Y gracias por venir, gracias por venir." (Gustavo Cerati)





12 jun. 2019

Dentro sonaba Estereo juventud, afuera la ciudad - VEINTISEIS


Dentro sonaba Estereo juventud, afuera la ciudad; 16 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTISEIS de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 63€).



Mi abuelo tenía toda clase de cacharros en casa; televisiones pequeñas, medianas, grandes, a color, en blanco y negro, que funcionaban, o medio funcionaban, o descompuestas del todo, tenía videocaseteras, vhs o betamax, grabadoras de audio, pequeñas y medianas, caseteras, radios am y fm o radios para comunicarse con otros radioaficionados. En casa había una antena enorme, con la que podías escuchar conversaciones de gente muy lejana, el nombre clave de mi abuelo era "Bachiller".

En una ocasión, mientras mi abuelo intentaba rearmar y hacer funcionar alguno de sus cacharros, me dijo que llevaba más de una hora sin saber donde colocar una pieza y me la enseñó. Resulta que la pieza de la discordia eran las ruedas de un cochito de juguete mío, cuando le aclaré el malentendido, reímos mucho y se convirtió en la burla de la semana.

Como había un poco de todo, le pedí que me dejara usar una radio casetera negra, era de tamaño medio, con un altavoz, una casetera que podía grabar y reproducir y una agarredera para llevar de un sitio a otro. Podías enchufarla o usarla con pilas gigantes.

La disfruté mucho, pasé tantas tardes escuchándola. Me subía al baúl donde guardaba mis juguetes, ponía la radio cerca de mí, y mientras dibujaba, coloreaba, o merendaba, escuchaba "Estereo juventud" XHLS en 99.5 FM, la música que emitían en esa radio era de las décadas del 50, 60 y 70, nada de música actual. No tengo idea de por qué me gustaba escuchar esa música siendo niño. Aún me lo preguntó. Mientras sonaban canciones como Runaway de Del Shannon yo hacía mis deberes de la escuela, o me asomaba por la ventana para ponerle caras y molestar a mis vecinas de al lado.

Había un programa que te invitaba a llamarles para pedir canciones. Llamé para pedirles "Hound dog" y sí, me complacieron, me pusieron la versión de Elvis. Hace unos años Estereo juventud fue vendida e hicieron una radio más comercial. 

Escuchar en los 80 y 90 música de décadas anteriores me hizo ser un desactualizado sonoro vocacional. Disfruto cuando escucho nombres de grupos o canciones super actuales y no tengo idea de quiénes son ni a qué suenan. Pero sigo necesitando para vivir, tener la música a tiempo completo.






5 jun. 2019

Un restaurante en la Alameda, Siqueiros en Bellas Artes y las bailarinas de vodevil del Teatro Blanquita - VEINTICINCO


Un restaurante en la Alameda, Siqueiros en Bellas Artes y las bailarinas de vodevil del Teatro Blanquita; 14 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTICINCO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 62€).


Terminé de leer "Llamadas telefónicas" de Roberto Bolaño, ahí hay un cuento que sucede en el DF de la década del 70, pero a mí la historia me remitió al DF del 80, que fue en el que vivieron mi padre, mi madre y yo de muy pequeño. El cuento sucede en plena Alameda de la ciudad de México a unos pasos de Bellas Artes, en la trama hay vagabundos, librerías de libros antiguos y de segunda mano, escritores buscando trabajo...

Hay una anécdota que he escuchado muchas veces: Una tarde de algún viernes de 1984 mi madre y su hermana Cecilia se fueron a la ópera. Así que mi padre aprovechó para salir conmigo, primero fuimos a comer a un restaurante de la Alameda, la misma Alameda donde sucede la historia de Bolaño. Después pasamos al Palacio de Bellas Artes a ver los murales y la exposición temporal que había de Siqueiros. En la puerta de la sala mi papá me dijo: ¿Cuál de todos los cuadros que ves aquí de Siqueiros te gusta más? Dice que fui corriendo al cuadro "Nuestra imagen actual". Dice que ahí, a mis tres años, me bebí el color de Siqueiros.

Después fuimos a ver un espectáculo de vodevil en el Teatro Blanquita y parece ser que no le quitaba el ojo las bailarinas.

Por fortuna no recuerdo nada, que de recordarlo me abochornaría un poco, pero como sucede con las historias que escuchas una y otra vez, al final acabas imaginando que estabas ahí. 










29 may. 2019

A la albahaca siempre le llamé albacar - VEINTICUATRO


A la albahaca siempre le llamé albacar; 22 x 14 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTICUATRO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 61€).


A mis trece años, ver cómo Yamil preparaba el café árabe me resultaba mágico, debía hervir el agua un par de veces con el café incorporado, había que "espantarlo" con un chorrito de agua fría y endulzarlo con azúcar directamente en el cazo. Hacíamos suficiente café como para llenar la taza varias veces a lo largo del día. 

Recuerdo que uno de mi amigos, nos visitó en casa y nos vio bebiendo café, así que quiso acompañarnos con una taza. Se puso tan mal del cuerpo, estaba tan acelerado que daba la impresión que le iba a dar algo en su corazón, tenía una temblorina en el cuerpo que no pasó a mayores, pero ya no volvió a pedirme café.

Junto con el café árabe vinieron muchos otros ingredientes, sabores y aromas, como el tabule, el malfuf mahshi, o incorporar en la comida la pimienta y el albacar fresquito, que teníamos en macetas en el balcón. Me hacía gracia cortar hojas de una planta y meterlas en la boca directamente. Aceptar nuevos sabores para mí ha sido fundamental para aceptar otras tantas cosas del mundo y estoy muy agradecido por ello.

Cuando pregunté aquí en Galicia por el albacar me enteré que le llaman albahaca.

Hace tiempo que no como aquellas recetas, ni los jitomates verdes a mordiscos con sal y pimienta, o las habas crudas mientras recorríamos los pasillos del supermercado. Pero siempre que he vuelto a ver a Yamil, nunca me ha faltado una rica taza de café árabe.






22 may. 2019

Deja que la lluvia nos moje - VEINTITRÉS

Deja que la lluvia nos moje; 22 x 14 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTITRÉS de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 60€).


Por qué corremos cuando comienza a llover, por qué agachamos la cabeza, por qué un día de lluvia "es un día malo", por qué evitamos la ropa y el cuerpo mojado.

No sé si son preguntas absurdas, pero son legítimas y me las hacía en la preparatoría, a los 16 años, yo creo que son el reflejo de nuestra desconexión con nuestra animalidad. Esa desconexión que aniquila nuestro mundo.

En la U de G hay tres turnos de bachillerato, yo iba en el de la tarde, y en Guadalajara, en temporada de lluvias, por lo general llueve por la tarde o noche, así que saliendo de la escuela, caminando las dos calles que había que transitar para llegar a la estación del tren ligero de "Urdaneta", comenzó a llover como llueve ahí, que parece que el cielo entero cae sobre la tierra. Justo me pilló a medio camino.

Todos corrían, entonces me detuve y decidí erguir mi cuerpo, mi cara y caminar poco a poco, sin prisa, disfrutando cada gota que mojaba mi cuerpo, no hacían falta muchos pasos para quedar completamente empapado, acabé todo mojado: mis pantalones viejos y con un año sin visitar la lavadora, mi suéter a rayas azul claro, mi morral blanco multizurcido, mis libros, mis apuntes, mis dibujos, mis cigarros, la cartera, las llaves, los zapatos viejos de mi abuelo, mis calcetines, mi cabello y mis pulseras.

Subí al puente para acceder al tren ligero y me quedé en medio, mojándome, intenté fumar un cigarro, pero fue imposible. Volví a bajar del puente y seguí mi camino andando y mojado.






14 may. 2019

Calcetines de poeta muerto - VEINTIDÓS


Calcetines de poeta muerto; 14 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTIDÓS de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 59€).


José Ramón Zamudio murió la madrugada previa a la primavera del 2006. Estaba sedado en casa y con morfina para el dolor, ya solo quedaba esperar... Horas antes de morir le mojé los labios con un algodón para que bebiera agua, y así lo hizo, su cuerpo quería agua de vida.

Por la mañana ayudé a vestirlo y afeitarlo, porque pronto se lo llevarían al tanatorio. Cuando llegaron por él, me dijeron que no eran necesarios los calcetines, que se los podía quitar. Así lo hice. Se los quité y me los guardé en mis bolsillos. Los muertos se entierran descalzos.

Mi abuelo amaba la música, la electrónica, la medicina, la química, la poesía, la historia, el ajedrez, la honestidad. Los calcetines que guardé y aún conservo, les llamo "calcetines de poeta", de un poeta de la vida.

A mitad de cualquier comida o desayuno, podía recitar poemas de Rubén Darío o Amado Nervo, explicar algún ejercicio de química orgánica, recordar alguna jugada maestra de Capablanca, recordar alguna melodía de Agustín Lara o contar alguna de sus infinitas anécdotas como aquella en que balacearon su oficina por no prestarse a las triquiñuelas de los mafiosos del pueblo.

En su entierro le pedí permiso a mi abuela de invitar a mi amigo Luis Ku y su guitarra, para que lo despidiéramos cantándole la canción de "Gracias a la vida" de Violeta Parra.

Así fue.






8 may. 2019

El mariachi de La Pasita se sabía La vie en rose - VEINTIUNO


El mariachi de La Pasita se sabía La vie en rose; 16 x 22 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTIUNO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 58€).


Desde que recuerdo siempre me ha dado mucha pereza ir de bares, salir por la noche, ir a sitios con la música muy alta a beber y hablar a gritos. En general a hacer por hacer, beber por beber, hablar por hablar, no le encuentro sentido. Ir a comer para cerrar negocios, para relacionarme, para conseguir contactos o trabajos, me parece absurdo y convenienciero. 

Pero una vez, como a los 14 ó 15 años me fui de parranda con mi padre, aunque yo con Coca Colas. Había ido a visitarle a Puebla (supongo que eran vacaciones), aproveché para llevarle mis primeras pinturas y mis primeros poemas para que los viera y leyera, comimos en un restaurante suizo, de esos en los que los camareros velan para que no te falte ni medio trago de agua ni una servilleta, comimos el típico fondue de queso, y ahí estuvimos mucho tiempo charlando y hablando de pintura y de poesía. Después fuimos de bares.

Seguro me tomé alguna cerveza además de refrescos, pero por más que lo he intentado ni la cerveza, ni el ron, ni el tequila, en general cualquier bebida alcohólica, han podido superar mi gusto por un agua de jamaica, horchata o un refresco de cola.

Mi padre ya necesitaba un poco de ayuda para caminar, y el dinero ya nos lo habíamos terminado, recuerdo que sin darse cuenta le dio de propina a un camarero su penúltimo billete de 50 pesos. 

De vuelta a casa, nos detuvimos afuera de la legendaria cantina La Pasita. En ese entonces ahí se juntaban los músicos y mariachis, mi padre buscó al músico del acordeón (me dio la impresión de que ya se conocían), me dijo "pon mucha atención a esto", le dio sus últimos 50 pesos y le pidió "La vie en rose". Era la primera vez que la escuchaba y me pareció hermosísima, ahí estábamos en medio de la noche salvaje poblana, con el ruido de la fiesta callejera, escuchando una canción francesa, en esos minutos desapareció la humanidad entera y solo estábamos nosotros y el mariachi de La Pasita.

Ya no teníamos dinero para volver a casa, así que hicimos lo que él siempre hacía cuando se quedaba así: Entrar en el portal de la vecindad donde vivía tía María, ir a aquella habitación al final del patio y abrir la puerta de madera que dejaba sin pistillo. Ahí siempre había una cama vacía para mi padre. Al día siguiente por la mañana nos fuimos, no sin antes ver cómo mi tía María le reñía a mi padre y le decía: Óscar ¿cómo te lo llevas de parranda contigo? Es muy pequeño!!

Muchos años después, caminando por Vigo, un músico callejero tocaba "La vie en rose".







1 may. 2019

Volver a empezar las veces que haga falta - VEINTE

Volver a empezar las veces que haga falta; 19 x 24 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTE de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 57€).


Hace tiempo le escuché a Mujica decir que “Se puede arrancar y empezar de nuevo, una y mil veces”. Es una idea que ya me resultaba familiar. Mis abuelos maternos se mudaron de casa más de 30 veces, vivieron prácticamente en todos los Estados de la República Mexicana, por lo que muchos papeles importantes se fueron perdiendo por el camino, entre ellos los certificados de estudios de mi madre.

Por eso cuando mi mamá quería retomar los estudios y comenzar una licenciatura yo tenía 12 ó 13 años, ella trabajaba todo el día y no tenía ningún papel oficial que demostrara que tenía la primaria. No sé por qué razón era más fácil hacer unos exámenes globales de primaria que buscar los papeles originales. Por las mañanas, a las 6:00hrs que me levantaba para ponerme el uniforme de la secundaria y desayunar, ella ya llevaba un rato sentada en la mesa estudiando y preparando su examen global de primaria. Parecía sencillo pero no lo fue, eran muchos conocimientos que había que refrescar en muy poco tiempo.

Lo consiguió y después continuó con el de la secundaria, ese fue aún más difícil, tardó más de medio año en hacerlo. Me imagino las madrugadas oscuras, todos los edificios con las luces apagadas y el nuestro, el único con la luz encendida del salón, porque ahí había una persona que contra todo pronóstico de edad, de vida y de lógica, estaba intentando hacer aquello que dejó pendiente y le apetecía hacer. 

Más de dos décadas después, vi desde Galicia, en streaming en la web de su universidad, el momento en que le daban a mi mamá su título de Licenciada en Administración. Le acompañaba mi abuela, de repente se puso de pie, le pidió permiso a los decanos para decir unas palabras y se puso a repartir bendiciones y encomendaciones a dios para todos ellos.

...arrancar y empezar de nuevo, una y mil veces, dice Mujica.






11 abr. 2019

Abuela salvaste a mi Rambo - DIECINUEVE


Abuela salvaste a mi Rambo; 22 x 16 cm. Augusto Metztli, 2019. (DIECINUEVE de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 56€).




Era mi Rambo de plástico, de esos que vendían en los tianguis, mal hecho, feucho, con aroma a plástico radioactivo, mal pintado, pero era mi favorito.

Seguramente hice un travesura de las gordas, al punto que mi castigo fue que mi Rambo acabara en la basura y yo con el corazón partido.

Y Coco Mamá (así le digo a mi abuela materna), que tiene tantas virtudes como la empatía católica, porque lo es, de las buenas y coherentes, conocías mis sentimientos hacia aquel cachito de plástico. Sabía que todo el tiempo jugaba con él.

Supongo que sigilosamente fue al bote de basura donde irremediablemente acabó mi Rambo, lo recogió, le quitó las basurillas, lo limpió y lo escondió en alguno de sus cajones secretos. Todo esto me lo imagino, porque no lo sé, nunca le he preguntado cómo fue que salvó a mi Rambo.

Esperó para dármelo, quería sorprenderme y hacerme feliz. Le pareció una buena fecha el día de mi santo. Me llamó y me dijo que quería darme algo, y de repente vi en sus manos mi muñeco de Rambo, estaba igual que la última vez. Me lo dió y me dijo que lo recogió de la basura. 

Volví a disfrutar de mi juguete favorito. Mi Rambo no es solo un muñeco, en realidad simboliza todo lo que me ha dado y recuerdo, incluso lo que no recuerdo. Me enseñó a dividir, me enseñó el método que aprendió en su escuela cuando era niña, yo lloraba de la desesperación y ella con toda la paciencia me compartió su método, después, no había quién me ganara a hacer cuentas en la escuela. Cuando cumplí 5 años, me regaló una tablilla con un dibujo y una frase que decía "el orden es la primera ley del cielo". Siempre la tengo en cuenta. No se ha cansado de decirme lo importante que es decir la verdad, o evitar discutir. "Para discutir se necesitan dos" es lo que siempre dice.

Gracias por salvar a mi Rambo.








4 abr. 2019

Luna en náhuatl se dice Metztli - DIECIOCHO



Luna en náhuatl se dice Metztli; 19 x 24 cm. Augusto Metztli, 2019. (DIECIOCHO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 55€).


Me recomendaron unas charlas semanales con un chamán, hacía reuniones en una casita muy cerca del Cineforo de la Universidad y de la plaza del Expiatorio en Guadalajara, nos hablaba de toda clase de temas esotéricos, indigenistas, espirituales, cósmicos, medicinales. Fui pocas veces, pero cada una de ellas fue especial. Y me despertaron muchas inquietudes que aún tengo.

Un día cualquiera, soñé que había una lucha en el cielo, era entre el sol y la luna, la luna quería ser sol y el sol quería ser luna, al punto que el cielo se iluminaba como si fuera de día por una luna con rayos de sol.

Después de la charla con el chamán, me quedé para hablar con su "asistenta" y contarle mi sueño, y que me ayudara a descifrarlo. Ella me dijo que mi lado femenino estaba en lucha constante con el masculino, que debía de dejarlo fluir, ser más luna, más creativo, más sensible.

Entonces recordé aquel cuento que me había escrito mi padre cuando era niño, se llamaba "El niño de la luna". El cuento narra la historia de un niño que tiene como interlocutora a la luna, a ella le cuenta sus cosas, de ella recibe recados, consejos, recuerdos e historias.

Acepté ser más luna, decidí añadirlo a mi nombre para siempre. Solo que lo hice en náhuatl. Porque luna en náhuatl se dice Metztli.