25 sep. 2010

Vendimiando

Tinta de chopo con tinta china sobre papel

A mediados o finales de septiembre es el tiempo de la vendimia, y grupos de personas comienzan a retirar las uvas de los viñedos para hacer el vino. Dicen que es fruto de la tierra y trabajo del hombre.

Se moviliza la gente hacia las zonas donde se da la uva, pueblos enteros van a vendimiar a ciudades vecinas, o incluso a países vecinos, como es el caso de Francia donde pagan más euros al día.

Aquí se come y cena con vino, se convive, se hacen negocios y eventos sociales con él. Los obreros, policías, servidores públicos, gente del campo, gente de ciudad, bebe cuando y donde les apetece sin enturbiar el fluir cotidiano.

Es la cultura del vino, no se concibe nada sin él. Y es entonces cuando me pregunto ¿y si estuviera tan regulado su consumo como en México, donde para poder consumir y vender alcohol es necesario un montón de condiciones y restricciones? Por ejemplo, es rarísimo que alguien que está en su jornada laboral y a la hora de comer acompañe sus alimentos con cualquier bebida alcohólica, por lo menos es un lujo que el proletariado no puede darse. Para que un negocio de alimentos y bebidas pueda vender alcohol debe cumplir unos caprichosos designios de urbanistas, burócratas de salubridad y legisladores que hacen de la venta del alcohol un privilegio.

Supongo que la hipocresía todo lo hace rentable, como la ley seca mexicana en fiestas de guardar, como si la gente no se las ingeniera para conseguir sus licores. Cuando podría ser tan natural, sentarse con una espléndida comida mexicana y acompañarla con un buen tequila, una cerveza o lo que sea, a la hora que venga en gana, y sin importar tener una escuela primaria a menos de cien metros, o que falten quince minutos para reincorporarse al trabajo.

Hace unos días volvió a la actualidad internacional el debate de legalizar la venta y el consumo de las drogas, para acabar con las mafias, el negocio y la delincuencia que se genera con el tráfico de ellas. Esta vez la ocurrencia fue a cargo de Felipe González.

Pero quien tiene la última palabra en esto son los urbanistas, burócratas de salubridad y legisladores.

Será cuestión de esperar.

Mientras tanto los viñedos seguirán creciendo. Los jornaleros seguirán vendimiando en septiembre, y las uvas hervirán hasta convertirse en vino del color que sea, para servirse en la mesa de cualquier obrero, que a la hora de comer no perdona su copa llena. Y después marchar al trabajo.

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