29 may. 2019

A la albahaca siempre le llamé albacar - VEINTICUATRO


A la albahaca siempre le llamé albacar; 22 x 14 cm. Augusto Metztli, 2019. (VEINTICUATRO de la serie Tlakati - Proyecto 38 y cuesta 61€).


A mis trece años, ver cómo Yamil preparaba el café árabe me resultaba mágico, debía hervir el agua un par de veces con el café incorporado, había que "espantarlo" con un chorrito de agua fría y endulzarlo con azúcar directamente en el cazo. Hacíamos suficiente café como para llenar la taza varias veces a lo largo del día. 

Recuerdo que uno de mi amigos, nos visitó en casa y nos vio bebiendo café, así que quiso acompañarnos con una taza. Se puso tan mal del cuerpo, estaba tan acelerado que daba la impresión que le iba a dar algo en su corazón, tenía una temblorina en el cuerpo que no pasó a mayores, pero ya no volvió a pedirme café.

Junto con el café árabe vinieron muchos otros ingredientes, sabores y aromas, como el tabule, el malfuf mahshi, o incorporar en la comida la pimienta y el albacar fresquito, que teníamos en macetas en el balcón. Me hacía gracia cortar hojas de una planta y meterlas en la boca directamente. Aceptar nuevos sabores para mí ha sido fundamental para aceptar otras tantas cosas del mundo y estoy muy agradecido por ello.

Cuando pregunté aquí en Galicia por el albacar me enteré que le llaman albahaca.

Hace tiempo que no como aquellas recetas, ni los jitomates verdes a mordiscos con sal y pimienta, o las habas crudas mientras recorríamos los pasillos del supermercado. Pero siempre que he vuelto a ver a Yamil, nunca me ha faltado una rica taza de café árabe.






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