28 feb. 2018

Cantando a la Vida desde la Azotea


He pintado mucho a mis abuelxs maternos, pero nunca los había hecho en un cuadro de estas dimensiones y con esta dedicación. Decidí pintarlos haciendo lo que recuerdo con más cariño, verlos cantando juntos.

Muchas veces por la tarde mi abuelo se sentaba al piano y comenzaba a tocar las piezas que salían de su memoria. Contaba anécdotas donde mezclaba al compositor o compositora, con su propia vida, con aquellos tiempos, con aquel peregrinar por toda la república mexicana.


Todo parecía salir del mismo sitio: Canciones, letras, sabores, calores, lluvias, familiares, historias de revolucionarios, de dioses y santos, de fantasmas, alacranes y ricachones. Historias de cantinas, de cantantes, de acordeón, de boleros y danzones.


Decían que mi abuelo cantaba como Agustín Lara, decían que mi abuelo tocaba el piano "A lo cubano". Mi abuela canta como las estrellas del cine mexicano. Y mientras los escuchaba todo se impregnaba de aroma de flores, a sabor de mango y guayaba y calores de Sinaloa.


Siempre cantaron a la vida, incluso cuando mi abuelo murió, se le cantó a la vida.


Escuinapa es el escenario de la historia que me inventé, una tarde calurosa cualquiera, lxs hermanxs de mi abuela y de mi abuelo, ayudaron a subir el piano a la azotea de la casa de mis bisabuelos, en la calle 5 de mayo. Allá arriba, entre árboles de mango comenzó el concierto.


Empezaron a sonar: "Luz de luna", "Historia de un amor", "La Malagueña" o "El mar, el cielo y tú"...


El pueblo entero empezó a juntarse en el portal, contemplando la inusual escena. La gente coreaba las canciones, las bailaban levantando el polvo del empedrado, mientras chorreaban en sudor y aplaudían a la Choco y al José Ramón. Todo era fiesta y comenzaban a circular las cervezas, esas a las que llaman ampolletas, y el ron, y los cigarros, y el cura del pueblo santiguando entre trago y trago. Así fue y así terminó.





Cantando a la vida, acrílico sobre tela. 


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